sábado, 4 de abril de 2026

Kerigma de abril del 2026

 5 de abril. Domingo de Pascua.  Jn 20, 1-9

Oración 

Ven Espíritu Santo,

Ven a nuestra vida, a nuestros corazones, a nuestras conciencias.

Mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad para entender lo que el Padre quiere decirnos a través de su Hijo Jesús, el Cristo.

Que tu Palabra llegue a toda nuestra vida y se haga vida en nosotros.

Amén.

  

1) PARA PERMANECER EN EL TEXTO.

Una persona  proclama con solemnidad el texto Bíblico

Cada persona lee en silencio el texto bíblico para profundizar


El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. 2 Fue corriendo en busca de Simón Pedro y del otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» 3 Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. 4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. 5 Como se inclinara, vio los lienzos caídos, pero no entró. 6 Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro y vio también los lienzos caídos. 7 El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.  9 Pues no habían entendido todavía la Escritura: ¡él “debía” resucitar de entre los muertos!


2) PARA PROFUNDIZAR EL TEXTO

Cuál es el día de la semana en el que trascurren los hechos?

¿Quién es la primera persona en dirigirse al sepulcro? ¿En qué momento  lo hace?

¿Con qué se encuentra al llegar?

¿Hacia quién se dirigió María Magdalena? ¿Qué les dijo?

¿Cuáles de los discípulos llega primero al sepulcro? ¿Qué encontraron allí dentro?

¿Qué ocurrió con Juan cuando ingreso al sepulcro?


¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

José Antonio Pagola

 

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando  aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, sólo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él».

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un "Jesús muerto". No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

 

3. RELACIÓN CON NUESTRA VIDA

Para dar testimonio no basta saber que Jesús ha resucitado, hay que experimentarlo presente.  ¿Qué ha hecho Cristo en mi vida?

El Dios de la Vida nos invita a ser testigos de la Resurrección. ¿Cómo podemos ser testigos del proyecto del Reino en el lugar que nos toca vivir y trabajar? 

El Discípulo Amado “vio y creyó”: ¿Qué es lo que nos lleva a creer que Jesús está vivo, que está presente entre nosotros, hoy, dando vida nueva a los pobres?


4) OBSERVA EL DIBUJO CON ATENCIÓN Y MEDITA.

 




5) PARA COMPROMETERNOS CON LA REALIDAD

¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

6) Juntos oramos la siguiente oración y rezamos el Padre Nuestro.

Señor resucitado, que sienta la paz que me muestras,

Que no se cierren mis “puertas” por el miedo,

Que me aferre al Espíritu que me regalas,

Para vivir intensamente el compromiso de sentirme enviado…

Señor mío y Dios mío, perdona mis debilidades, mis dudas, mis temores…

Porque aun siendo a veces como Tomás, deseo buscarte, estar contigo…

Porque aunque me encierre en mis silencios o en mis ruidos, en mis comodidades o en mis ocupaciones…¡Amén!